Medio ambiente y cambio climático

Medio ambiente y cambio climático

¿Gozamos de mayor salud que nuestros antepasados?

Odile Rodríguez de la Fuente
Bióloga y divulgadora ambiental

@odilerod

19 Mar 2021

Desenmascarando a la Hidra del progreso

Hay creencias que están tan integradas en nuestra forma de ver el mundo que las percibimos como consustanciales a la “realidad”. Por ejemplo, la “narrativa del progreso perpetuo” no deja lugar a dudas sobre una de sus mayores conquistas: la salud. ¿O es que acaso no es cierto que hoy en día gozamos de mejor salud que nuestros antepasados? ¿Que hemos duplicado nuestra esperanza de vida y minorado muy significativamente el sufrimiento y la calidad de vida?

Uno de los personajes que más contribuyó a forjar las bases de la filosofía política occidental del progreso, la competitividad y el materialismo fue Thomas Hobbes en el siglo XVII. Según Hobbes, nuestras vidas antes del advenimiento del estado, eran “solitarias, pobres, desagradables, embrutecidas y cortas”. El progreso implícitamente supone una mejora lineal y ascendente, a partir de unos antepasados prehistóricos cavernarios, cuyas breves y accidentadas vidas eran una lucha constante por la supervivencia. 

Afortunadamente, aunque frente a enormes resistencias, se va abriendo paso una nueva narrativa diametralmente diferente, avalada por datos y evidencias incontestables. Se sabe, por ejemplo, que las enfermedades infecciosas más letales para los seres humanos, no existían en la prehistoria. La mayoría surgieron precisamente como consecuencia directa de la domesticación de animales en los albores del Neolítico, lo que facilitó el salto de patógenos entre especies (llamadas enfermedades zoonóticas, como la Covid19). También la aglomeración de lo que antes eran pequeños grupos nómadas, en pueblos y ciudades-estado, creó la densidad poblacional adecuada para facilitar el contagio. Y, por supuesto, la modificación y destrucción de hábitats naturales, como acción consustancial al progreso, alteraba el equilibrio ecológico existente, lo que contribuía a elevar el índice de infecciones parasíticas y bacterianas. Así que, si bien es cierto que indudablemente ha mejorado nuestra salud y condiciones de vida, en relación a periodos anteriores de la historia reciente, no lo es en absoluto en relación al paleolítico.

Como botón de muestra, el hallazgo del Dr. James Larrick, al examinar una tribu de Waorani en el Amazonas -una de las tribus más primitivas y aisladas de todo el mundo-, hace unos años. Tras recoger testimonios y muestras, el Dr. y su equipo determinaron que los Waorani eran los seres humanos más sanos de los que se tenía registro. No tenían parásitos internos y no habían estado expuestos a la polio, neumonía, viruela, varicela, tifus, fiebre tifoidea, sífilis, tuberculosis, malaria, hepatitis, etc. Esto, lejos de ser un hecho aislado, es más bien la norma, ya que se ha podido constatar que algunas de las enfermedades modernas más comunes, como la enfermedad coronaria cardiaca, la obesidad, la hipertensión, la diabetes tipo 2, enfermedades auto inmunes, osteoporosis y muchos tipos de cáncer, son muy raros o inexistentes en grupos cazadores recolectores que todavía pueblan nuestro planeta. Pero también, en relación a algo tan indicativo como la salud dental, los restos excavados de nuestros antepasados, muestran cómo las caries pasan de afectar a menos de 1% de los cazadores recolectores a más de un 20% de las poblaciones cuyas dietas estaban ya basadas en la agricultura. Hoy, la salud dental sólo ha empeorado, especialmente en personas con dietas altas en azúcares y harinas refinadas.

Paleoantropólogos, nutricionistas y médicos están empezando a analizar nuestra salud desde un punto de vista evolutivo. El animal humano, más allá de los condicionantes que fueron forjando y moldeando a nuestros antecesores primates, ha vivido ya como Homo sapiens sapiens (como el hombre moderno actual), cerca de 200.000 años. Eso quiere decir que, en términos evolutivos, únicamente nos hemos estrenado como seres sedentarios y agrícolas apenas un 5% del tiempo que llevamos sobre la tierra. Nuestro cuerpo, bienestar y salud ha sido pautado por una forma de vida muy lejos de la actual, por lo que muchas de nuestras enfermedades, pueden ser entendidas como desajustes evolutivos. Entender nuestra naturaleza, así como los entornos, hábitos y conductas en las que evolucionó nuestra especie, podrían ayudarnos a mejorar nuestra salud fisca, psicológica y emocional de un modo preventivo.

Algunas de las conclusiones iniciales son de sentido común. Como cazadores, recolectores nómadas, nuestro día a día implicaba movimiento constante, por lo que nuestro cuerpo y metabolismo no están hechos para vivir una vida sedentaria. Nuestra dieta no incluía las concentraciones actuales de azúcares, aditivos, colorantes y harinas refinadas, entre otros muchos tóxicos. También se ha demostrado que la restricción calórica y los periodos de ayuno intermitente son beneficiosos e incluso alargan la vida de otros mamíferos con metabolismos parecidos a los nuestros. Y por supuesto el vivir en entornos artificiales y el exceso de higiene están directamente relacionados con el aumento de alergias y enfermedades autoinmunes.

Por fin estamos empezando a cuestionar creencias férreas que hemos heredado y dado por sentadas. La ciencia puede ayudarnos a desenmascarar la arrogancia victoriana que nos ha hecho creer que éramos criaturas separadas de la naturaleza. A darnos cuenta de que nuestra condición de animales, nos hace todavía más asombrosos y extraordinarios. A entendernos como parte indisoluble de una urdimbre infinitamente creativa de vida, llamada naturaleza, en la que necesitamos estar profundamente imbricados para nuestra propia salud y bienestar.

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