Medio ambiente y cambio climático

Medio ambiente y cambio climático

Clima de cambio: única solución para frenar la destrucción del planeta

Odile Rodríguez de la Fuente
Bióloga y divulgadora ambiental

@odilerod

10 Nov 2020

Sobre cómo el mayor reto de la humanidad puede ser su mejor oportunidad

"Es necesario que enseñen a sus hijos lo que nuestros hijos ya saben: que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurra a la tierra, le ocurrirá también a los hijos de la tierra. Cuando los hombres escupen en el suelo, se están escupiendo a sí mismos. Esto es lo que sabemos: la tierra no pertenece al hombre, es el hombre el que pertenece a la tierra. Todas las cosas están ligadas como la sangre que une a una familia. El sufrimiento de la tierra se convertirá en sufrimiento para los hijos de la tierra. El hombre no ha tejido la red que es la vida, solo es un hilo más de la trama. Lo que hace con la trama se lo está haciendo a sí mismo.". Éste es un fragmento de la carta del Gran Jefe Seattle, de la tribu de los Swamish, a Franklin Pierce, Presidente de los Estados Unidos de América.

Antes de empezar el artículo de hoy quiero aclarar lo que es un "paradigma". Se trata de una "teoría o conjunto de teorías cuyo núcleo central se acepta sin cuestionar y que suministra la base y modelo para resolver problemas y avanzar en el conocimiento". Teniendo esto claro, resulta paradójico que la ciencia de vanguardia vaya asumiendo e incorporando a su paradigma naciente, la visión que los pueblos originarios ya tenían de la existencia. Es como un círculo que se cierra y recupera las intuiciones más básicas de los primeros Homo sapiens sapiens. Intuiciones que relegamos al olvido para erigir nuevas creencias materialistas, que nos hacían sentir más cómodos y en control de la realidad. Esto puede resultar desconcertante para los que confían ciegamente en el progreso lineal y ascendente de las cosas, pero lo cierto es que hemos llegado a las fronteras de lo que el paradigma reduccionista y mecánico actual puede dar de sí. Algunos de los retos más complejos a los que se asoma la ciencia, no se pueden abarcar ni comprender únicamente bajo este prisma. Por ello se están trazando nuevas premisas que puedan ayudarnos a comprender un mundo mucho más complejo y maravilloso de lo que nos han enseñado a ver.

La crisis como oportunidad de mejora social y evolutiva

Ésta sea, quizá, la oportunidad encubierta de las crisis. Que nos obligan a mudar creencias limitantes que de otro modo serían imposibles de superar. La conciencia, el cambio climático o la física cuántica son ejemplos de algunas de estas nuevas fronteras de la ciencia, aunque, de momento, únicamente una de ellas implica una crisis global que nos obliga a reaccionar a tiempo, para no sucumbir a ella

Imbricado en todos los hilos del tejido socio-cultural occidental desde hace más de 6000 años, está la creencia de que la naturaleza es un bien que debe ser dominado, domesticado y explotado para nuestro propio beneficio. Dicha creencia se vio reforzada en los siglos XVI y XVII por la revolución científica que afirmaba, bajo la principal influencia de René Descartes e Isaac Newton, que todo puede ser predicho y por lo tanto manipulado, en un universo mecanicista.

La naturaleza, como una gran máquina, podía ser comprendida y dominada al reducirla a sus componentes básicos y predecir de forma lineal, en base a la causa y el efecto, cómo funcionan cada una de sus partes. La revolución industrial, profundamente enraizada en la revolución científica, impulsó una economía industrializada y mecanizada, alimentada por el acceso rápido y eficiente a los recursos naturales del mundo. El planeta fue poco a poco adoptando este nuevo modelo de crecimiento exponencial, basado en una economía lineal y extractiva, que nos ha legado un desarrollo, riqueza y avances científicos y tecnológicos sin parangón en la historia de la humanidad. Hoy, sin embargo, empezamos a vislumbrar las consecuencias de este modelo y paradigma.

En una gran fábrica, si algunas de las piezas van fallando, sabemos que podemos contar con la tecnología y profesionales especializados para sustituirlas e incluso mejorarlas. Esa premisa crea una inercia que, por un lado, nos hace insensibles a cuestiones que no alcanzamos a comprender y, por otro, nos hace delegar nuestras posibles preocupaciones en la interiorizada confianza de que alguien las solucionará. Por ello, bajo el paradigma materialista imperante, nos cuesta tanto entender la dimensión y consecuencias del cambio climático. 

El cambio climático como consecuencia de la relación dominativa del hombre con la Tierra

En los últimos años, la ciencia, acuciada por la urgencia y gravedad de la crisis ambiental, está desvelando aspectos de la naturaleza que socaban la base y modelo sobre los que hemos basado nuestro conocimiento de la realidad. Lejos de la concepción fría y mecanicista, la naturaleza es maravillosamente dinámica, compleja e interconectada. Tanto es así que no se puede trazar una línea contundente entre lo vivo y lo inerte, no existen previsiones certeras, sino aproximaciones probabilísticas y no hay propiedades que emanen de las partes, sino que emergen de la interacción de todas ellas.

Parece incluso existir una inercia hacia la auto organización que, a escala global, fomenta y mantiene las condiciones idóneas para la proliferación de la propia Vida. Es decir, que la naturaleza, en su extraordinaria complejidad y perfección, no puede ser “arreglada” por ninguna tecnología inventada por una especie que apenas atisba a comprender su funcionamiento. De hecho, el cambio climático antropógeno no es un problema que podamos resolver únicamente dejando de emitir gases de efecto invernadero. No es tan siquiera el problema, sino un síntoma de un sistema complejo forzado fuera de su equilibrio, que busca compensar los desajustes. Es como si a un paciente, aquejado de dolores de cabeza, su médico sólo tratara de quitárselos dándole un antiinflamatorio, sin indagar sobre lo que los está causando.

El efecto dominó que provoca el sistema vivo del planeta

Miles de años de explotación y abuso de la naturaleza han ido cercenando la resiliencia del sistema vivo de la Tierra. Cada especie, cada ecosistema, cada río, cada océano está imbricado en una red de redes que conforman el sistema vivo del planeta, en el que cada parte contribuye al éxito y equilibrio del Todo. Las consecuencias de que desaparezcan ciertas especies o se alteren el curso de los ríos, por ejemplo, tiene un efecto dominó que acaba influyendo en la fertilidad del suelo, o la concentración de gases de efecto invernadero en la atmosfera, o el advenimiento de epidemias. Algunos ejemplos fascinantes desvelan la importancia que tienen las ballenas en la captación y secuestro de dióxido de carbono de la atmósfera o cómo la presencia de lobos en un ecosistema puede influir en el curso de los ríos.

El reto del cambio climático nos obliga a mudar el paradigma imperante y adoptar uno más sistémico, biomimético y cooperativo. A restaurar los ecosistemas y ayudar a que la naturaleza se sane a sí misma, enseñándonos a ser mejores. Ya no podemos continuar aplicando soluciones cosméticas y sintomáticas, sino que estamos obligados a repensar las mismas premisas sobre las que hemos basado nuestra civilización lineal, competitiva y materialista. Tal y como ya hicieran los pueblos originarios, debemos recuperar nuestro atávico sentido de pertenencia y profundo respeto por todo lo que nos rodea. Desde las rocas, a la brisa, la lluvia, las plantas y los animales que se entretejen en un incesante baile creativo, del que tenemos el milagroso privilegio de ser espectadores, benefactores y custodios.

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